El Tapón:
Las
cuatro de la tarde son la peor hora para ir por el expreso, diablos. Guiar con
cerdos y burros por todos lados, no solamente incomoda, es tedioso y agotador. Si
vas a salir del trabajo, procura salir antes o después del desmadre este. Una
vez tienes a un cabro de frente, te lambiste media hora de espera más de lo
usual. Si tienes que ir a mear, tírate para la acera con cuidado, porque están
los subnormales que rompen reglas. Detrás le siguen los cerdos para multarlos.
Iris siempre me dice que los que montan cabros solo demuestran su inseguridad y
su ego magnánimo.
Iris
siempre da buenos consejos e historias cuando vamos de paseos en vacaciones.
Una vez nos detuvimos a tomar fotografías al océano y me contó de un amigo
sumamente distraído. El simio vivía por su familia cundida de dinero, sino
estuviera en la calle. Me cuenta que es tan imbécil que no sabe diferenciar
centavos de pesetas. Le digo que no me suena a imbécil, sino a alguien
ignorante en el diario vivir de la pobreza. Ella me refuta que así no se puede
vivir, aquí uno trabaja hasta morirse y el “manganzón” ese ni contar sabe;
tenía razón en esa. Me termina la historia diciendo que algún día quisiera ser
rica para saber como se siente y gritarle soeces a los demás sin sufrir
consecuencias.
Ah, se
movió tres pies más; quizá llegue al apartamento en dos horas y media. Uno
nunca sabe lo que el día te puede traer, mucho menos con qué la tarde te
golpee. Una vez suenan las bocinas, los aullidos animalísticos se propagan como
la ola de tsunami. Y ahora la famosa sirena del cabro prepotente que no le
gusta esperar, “Que se muevan o los muevo,” dice, pero ni cuernos tiene para
cumplir. Iris le hubiera gritado devuelta con la misma energía y odio que tenía
en voz de balido cuernudo.
Mi
escarabajo móvil apenas me lleva del trabajo al apartamento y viceversa, pero
no le puedo tirar mal al que me transporta a diario. Una vez, por poco dejo el
escarabajo a mitad de expreso; por suerte era de noche y nadie se atrevería a
robarme en este transporta excremento. Aunque quizá sí consideraran balearme al
confundirme con algún chamaco idéntico a mí. Sucedió anteriormente, pero la
suerte de mi lado, vieron que el escarabajo era muy “de pobre” para que sea el
que buscan. Le debo mi vida a este cochambroso desastre que me lleva.
Ay, por
fin, diez pies más. Y pensar que solo llevo trece minutos sin moverme; es el
avance más grande que he visto en mucho tiempo. Iris estaría en desacuerdo y me
diría que tocara bocina y sea mas asertivo. Siempre fuimos polos opuestos, pero
aun así la amo. Algunos dirían que habla como camionero; yo diría que se
comunica de manera diferente y con elocuencia. Que come como ballena, pero en
realidad tiene un apetito extravagante. Otros dirían que siempre es entrometida
y habla fuera de lugar; yo digo que es sociable y nadie le da la opción de
expresarse. Todos tenemos un punto de vista inusual de vez en cuando.
Que
belleza, dos pies esta vez. Yo solo quiero acostarme con Iris en el sofá-cama y
contarle de mi día; raramente lo hacemos. En los momentos que sí ella me cuenta
de como su compañera le está tirando la “labia monga” a su jefe, y él ni cuenta
se da. Mucho habla de otro compañero de trabajo que intenta “meterse en los
pantalones”, pero ella me asegura que le cae mal. Yo confío en ella.
Oh, que
vemos aquí? Media milla transcurrida? Veo un viaje prometedor, este. “Estas
igual de pendejo que Ricky, mamón,” suena la sirena odiosa de un burro más. “Él
hiso más por este país que tú, imbécil,” le responde un efímero neandertal. Y
pensar que este viaje se convirtiera en discusión política en brinco y medio.
Siempre me reservo los comentarios controversiales, pero Iris le cantaría,
“Chorro ‘e tráfalas, grítense pal carajo con su mai’,”; su elocuencia divaga en
algunas ocasiones, debo admitir.
Ah de
esperarse, un pesca-oportunidades galopando al lado por el césped. No sorprende
ver a alguien montando Mustang “sato” cerca del expreso, seguido de otros
pesca-oportunidad. La dualidad y contradicción de este país; un país donde
encuentras el campo y área metropolitana en el mismo lugar; ese mismo lugar es
el expreso. Nunca hay una transición limpia, mucho menos coherente, cuando se
trata de la visualización social aquí. Iris les saludaría, pues uno de ellos es
primo y otro es “jevo” de la hermana que no ve desde que se mudó.
Ahora
avanza más el tránsito, poco a poco obligándome a llegar a mi apartamento. La
radio no tiene nada más que noticias a esta hora: el gobernador hace tal cosa,
los alcaldes botan aquello, la AEE roba otro poco más de los que intentan
subsistir con lo misero que ganan, la corrupción inevitable y consiente, y
finalmente algún famoso, nacido aquí, nos da su “apoyo” desde la gran mansión
en “que-sé-yo-donde”, fuera de la isla.
Ya
logro ver donde termina la pesadilla; solo un poco más. Que haré hoy para
comer? No quiero malgastar lo poco que tengo en algún “fastfood”;
también estoy muy cansado del día. Mejor tiro unos pedazos de la pizza de ayer,
calentar y “pa’ dentro que pa’ luego es tarde”. De tantas opciones y pensar que
ninguna basta para un pobre estudiante con un buen futuro por delante.
Por fin
termina el terror de esperar, escuchar idioteces, ver barbaridades, oler la
putrefacción de este país y sentir cada “boquete” que hay en la calle. Llegar,
descansar y amar. El viaje fue sumamente tranquilo, a diferencia de algunas
ocasiones.
La
puerta que veo cada día abre lentamente. Dando, ya, las cinco con treinta y
siete.
Ah, es
cierto. Ella me dejó.